CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/White FangPublic
Página 109 de 287
Table of Contents

I. Los creadores del fuego

Para su mente, esto era un poder inusual, un poder inconcebible y más allá de lo natural, un poder divino. Colmillo Blanco, por su propia naturaleza, jamás podría saber nada acerca de dioses; en el mejor de los casos solo podía conocer cosas que estaban más allá de todo entendimiento⁠—pero el asombro y la reverencia que sentía hacia estos hombres-animales se asemejaban, en cierto modo, a lo que serían el asombro y la reverencia del hombre al ver a alguna criatura celestial, en la cima de una montaña, lanzando rayos con ambas manos contra un mundo atónito.

El último perro había sido repelido. El bullicio se desvaneció. Y Colmillo Blanco se lamió las heridas y meditó sobre aquello, su primer contacto con la crueldad de la jauría y su presentación en sociedad.

Nunca había soñado que los de su misma especie consistieran en algo más que en Ojo Único, su madre y él mismo. Habían constituido una clase aparte y allí, de repente, había descubierto a muchas más criaturas aparentemente de su misma especie. Y albergaba un resentimiento subconsciente de que aquellos, los de su calaña, a primera vista se hubieran ensañado con él y tratado de destruirlo.

Del mismo modo, le indignaba que su madre estuviera atada a un palo, aunque lo hubieran hecho los superiores animales-hombres. Tenía un tufo a cepo, a esclavitud. No obstante, del cepo y de la esclavitud no sabía nada.

La libertad para deambular, correr y tumbarse a voluntad había sido su herencia; y allí se la estaban coartando. Los movimientos de su madre se reducían a la longitud de un palo, y a la longitud de ese mismo palo estaba él limitado, pues aún no había superado la necesidad de mantenerse al lado de su madre.

No le gustaba. Tampoco le gustaba cuando los hombres-animales se levantaban y continuaban su marcha; pues un diminuto hombre-animal

109