de lo desconocido; era la suma de los terrores de lo desconocido, la única catástrofe culminante e impensable que podía sucederle, acerca de la cual no sabía nada y a la cual temía todo.
Salió a la superficie, y el dulce aire penetró raudo en su boca abierta. No volvió a sumergirse. Como si se tratara de una costumbre muy arraigada en él, pataleó con todas sus extremidades y comenzó a nadar.
La orilla cercana estaba a una vara de distancia; pero había salido dándole la espalda, y lo primero en que se posaron sus ojos fue en la orilla opuesta, hacia la cual comenzó a nadar de inmediato.
El arroyo era pequeño, pero en la poza se ensanchaba hasta alcanzar unos veinte pies.
A mitad del paso, la corriente atrapó al cachorro y lo arrastró río abajo. Quedó atrapado en el rápido en miniatura al fondo de la poza.
Aquí había pocas posibilidades de nadar. El agua tranquila se había vuelto repentinamente furiosa.
A veces estaba bajo el agua, a veces encima. En todo momento se encontraba en un movimiento violento, ahora siendo volcado o girado, y de nuevo, siendo estrellado contra una roca. Y con cada roca que golpeaba, chillaba. Su progreso fue una sucesión de chillidos, a partir de los cuales se habría podido deducir el número de rocas con las que tropezaba.
Debajo de los rápidos había una segunda poza, y aquí, atrapado por el remolino, fue llevado suavemente hasta la orilla y depositado con la misma suavidad sobre un lecho de grava. Se arrastró frenéticamente fuera del agua y se tendió. Había aprendido algo más sobre el mundo.