Hasta entonces se les había negado el acceso al fuego, y ahora se acomodaron en un círculo apretado, como tantos perros, parpadeando, bostezando y estirando sus flacos cuerpos con el calor desacostumbrado. Entonces la loba se sentó, apuntó con el hocico a una estrella y comenzó a aullar. Uno por uno, los lobos se le unieron, hasta que toda la jauría, sobre los cuartos traseros y con los hocicos apuntando hacia el cielo, entonaba su aullido de hambre.
Llegó el alba y con ella la luz del día. El fuego se iba apagando. El combustible se había agotado y era necesario conseguir más.
El hombre intentó salir de su círculo de llamas, pero los lobos se abalanzaron a su encuentro. Las astillas ardiendo los hicieron saltar a un lado, pero ya no retrocedieron. En vano se esforzó por hacerlos huir.
Cuando se dio por vencido y tropezó al entrar en su círculo, un lobo se abalanzó sobre él, falló y cayó con las cuatro patas sobre las ascuas. Lanzó un grito de terror, a la vez que gruñía, y retrocedió torpemente para enfriar sus patas en la nieve.
El hombre se sentó sobre sus mantas en cuclillas. Su cuerpo se inclinaba hacia delante desde las caderas. Sus hombros, relajados y caídos, y la cabeza sobre las rodillas anunciaban que había abandonado la lucha.
De vez en cuando levantaba la cabeza para observar cómo el fuego se iba apagando. El círculo de llamas y ascuas se iba fragmentando en segmentos con huecos intermedios. Esos huecos aumentaban de tamaño, los segmentos disminuían.
—Supongo que puedes venir a buscarme cuando quieras —murmuró—. De todos modos, me voy a dormir.
Una vez despertó y, en un claro del círculo, justo frente a él, vio a la loba que lo miraba.