La guarida
Durante dos días, la loba y Ojo Único rondaron el campamento indio. Él estaba inquieto y aprensivo, pero el campamento atraía a su compañera y a ella le renuía la partida. Sin embargo, cuando una mañana el aire se desgarró con el estruendo de un rifle muy cercano y una bala se estrelló contra el tronco de un árbol a varias pulgadas de la cabeza de Ojo Único, no dudaron más y emprendieron una larga y rítmica carrera que interpuso rápidamente millas entre ellos y el peligro.
No fueron muy lejos —un viaje de un par de días—. La necesidad de la loba de encontrar aquello que buscaba se había vuelto imperativa. Se estaba poniendo muy pesada y ya solo podía correr despacio.
Una vez, en la persecución de un conejo que normalmente habría atrapado con facilidad, se rindió, se tumbó y descansó. Ojo Unico se le acercó; pero cuando le tocó el cuello suavemente con el hocico, ella le tiró un chasquido con tanta rapidez y fiereza que él dio una voltereta hacia atrás y adoptó una postura ridícula en su esfuerzo por escapar de los dientes de ella.
Su mal genio era ahora más agrio que nunca; pero él se había vuelto más paciente que nunca y más solícito.
Y entonces encontró aquello que buscaba. Quedaba a unas pocas millas arroyo arriba, junto a un riachuelo que en verano desembocaba en el Mackenzie, pero que por entonces estaba helado hasta el fondo rocoso: un arroyo muerto de un blanco macizo de naciente a desembocadura. La loba trotaba con cansancio, con su compañero muy adelantado, cuando