acobardado y sumiso. De él, Colmillo Blanco había aprendido mucho de su propia insignificancia; y de él iba a aprender ahora mucho del cambio y el desarrollo que se habían operado en su interior. Mientras que Baseek había ido perdiendo fuerzas con la edad, Colmillo Blanco había ido ganando fuerza con la juventud.
Fue durante el despiece de un alce recién cazado cuando Colmillo Blanco comprendió el cambio en las relaciones que mantenía con el mundo de los perros. Había conseguido una pezuña y parte de la tibia, a las que aún quedaba bastante carne adherida. Retirado de la trifulca inmediata de los otros perros —de hecho, oculto a la vista tras un matorral— devoraba su botín, cuando Baseek se precipitó sobre él. Antes de darse cuenta de lo que hacía, le había asestado dos tajos al intruso y dado un salto atrás. Baseek quedó desconcertado por la audacia y la rapidez del ataque del otro. Se quedó allí, mirando estupefactamente a Colmillo Blanco, con la tibia roja y sanguinolenta entre ambos.
Baseek era viejo, y ya había llegado a conocer el valor creciente de los perros a los que solía acosar. Amargas experiencias estas que, por la fuerza, tragaba, apelando a toda su sabiduría para lidiar con ellas.
En los viejos tiempos se habría abalanzado sobre Colmillo Blanco con una furia de indignación justa. Pero ahora sus menguantes fuerzas no le permitían tal proceder. Se erizó ferozmente y miró de manera ominosa al otro lado de la caña a Colmillo Blanco.
Y Colmillo Blanco, resucitando una buena parte del viejo temor, pareció marchitarse, encogerse sobre sí mismo y hacerse pequeño, mientras rumiaba en su mente una forma de emprender una retirada no demasiado ingloriosa.
Y en este mismo punto Baseek cometió un error. Si se hubiera conformado con parecer feroz y amenazador, todo habría salido bien. Colmillo Blanco, al borde de la retirada, se habría retirado, dejándole la carne.