encendido directo en la boca abierta y gruñidora. Ella dio un salto hacia atrás, aullando de dolor, y mientras él se deleitaba con el olor a carne y pelo quemados, la vio sacudir la cabeza y gruñir furiosa a unos cuantos metros de distancia.
Pero esta vez, antes de volver a dormirse, se ató una tea de pino encendida a la mano derecha. Sus ojos apenas llevaban cerrados unos minutos cuando el ardor de la llama en su carne lo despertó. Durante varias horas se mantuvo fiel a este plan. Cada vez que despertaba de este modo, ahuyentaba a los lobos con tizones arrojadizos, avivaba el fuego y volvía a colocar la tea de pino en su mano. Todo salió bien, pero llegó un momento en que sujetó la tea de pino sin firmeza. Mientras sus ojos se cerraban, se le cayó de la mano.
Él soñó.
Le pareció que estaba en Fort McGurry. Hacía calor y se estaba cómodo, y jugaba al cribbage con el Factor. Además, le pareció que el fuerte estaba asediado por lobos. Aullaban junto a las puertas mismas, y a veces él y el Factor interrumpían el juego para escuchar y reírse de los inútiles esfuerzos de los lobos por entrar.
Y entonces, tan extraño era el sueño, se oyó un estruendo. La puerta fue reventada. Pudo ver a los lobos inundando la gran sala de estar del fuerte. Daban saltos directos hacia él y el Factor. Al abrirse la puerta de golpe, el ruido de sus aullidos había aumentado enormemente. Este aullido ahora le molestaba. Su sueño se fundía en otra cosa—no sabía qué; pero a través de todo ello, persiguiéndole, persistía el aullido.
Y entonces despertó para descubrir que el aullido era real. Se oía un gran gruñido y ladrido. Los lobos se le venían encima. Lo rodeaban y se le abalanzaban. Los dientes de uno se le habían clavado en el brazo. Instintivamente saltó al fuego, y al saltar sintió el tajo agudo de unos dientes que le desgarraron la carne de la pierna. Comenzó entonces una