Mi Guía de repente me alzó en vilo, como una madre que por ruido despierta, y ve muy cerca las llamas encendidas, que toma a su hijo, huye y no se detiene, cuidando más de él que de sí misma, al punto de cubrirse solo con la camisa; y desde lo alto de la dura orilla, boca arriba lo dio a la roca pendiente que cierra un lado de la otra fosa.
Jamás corrió tan rauda el agua un cauce para mover la rueda de un molino cuando más se avecina a las paletas, como aquel mi Señor por esa orilla, llevándome con él sobre su pecho, cual si fuera su hijo y no un amigo.
Apenas el abismo del barranco tocó su pie, cuando ya estuvo en alto, justo sobre nosotros; mas temblor no hubo en él; pues la alta Providencia, que quiso hacerlos ministros del quinto foso, quitó a todos la fuerza de irse de allí.
Una gente pintada allí debajo hallamos, que iba dando pasos muy lentos, llorando, y en su aspecto cansados y vencidos.
Tenían mantos con las capuchas caídas ante los ojos, y hechos con el corte con que en Colonia se hacen para los monjes.
Por fuera están dorados de modo que deslumbran; mas por dentro son todos de plomo y tan pesados que Federico solía hacérselos poner de paja.
¡Oh capa para siempre fatigosa!
De nuevo nos volvimos, aún hacia la mano izquierda, junto con ellos, atentos a su triste queja; mas debido al peso, aquella gente cansada avanzaba tan lentamente, que hacíamos nueva compañía con cada movimiento de la cadera. Por lo que yo a mi Guía: «Procura hallar a alguien que sea conocido por obra o por nombre, y así, al marchar, mueve en torno los ojos».