El tercer círculo: Los iracundos.
Cuanto del tercer ciclo de la hora al alba muestra aquella esfera cuyo juego semeja siempre el de un infante, tanto parecía que del curso le restaba al sol ya hacia la noche;
allí era tarde, y medianoche aquí; y los rayos ferían nuestros rostros, pues de tal modo el monte circundábamos que íbamos ya derechos hacia el poniente;
cuando sentí mi frente sobrecargada por el fulgor mucho más que al principio, y el asombro me daban las cosas desconocidas; por lo cual hacia la cumbre de mis cejas alcancé las manos, y hiciome la visera que lo excesivo de la luz disminuye.
Como cuando del agua o de un espejo el rayo del sol salta a la otra orilla, subiendo hacia lo alto en igual medida en que desciende, y se desvía tanto de la caída de una piedra en línea recta (como demuestran el arte y el experimento), así me pareció que por una luz refractada allí ante mí fui golpeado; por cuya causa mi vista huyó veloz.
«¿Qué es eso, dulce Padre, de lo cual no puedo reparar mi vista de modo que me valga — dije—, y parece que hacia nosotros se mueve?».
«No te maravilles si aún te deslumbran las huestes del cielo —me respondió—; es un ángel, que viene a invitarnos a subir. Pronto será que ver estas cosas no te resulte gravoso, sino deleitable tanto como la naturaleza dispuso que sintieras».
Cuando hubimos llegado al Ángel bendito, con alegre voz dijo: «Entrad aquí por una escala mucho menos empinada que las otras». Ya nos