«¡Oh tú que honras a toda arte y ciencia, quiénes son estos que tanta honra tienen, que del modo de los demás los aparta?». Y él a mí: «El nombre honorable que suena de ellos allá arriba en tu vida, gana gracia en el cielo que así los enaltece».
En el ínterin una voz fue por mí oída:
«Todo honor al preeminente Poeta; Su sombra regresa de nuevo, que se había marchado».
Después de que la voz hubo cesado y hubo quietud, cuatro sombras poderosas vi que se nos acercaban; no tenían semblante ni doloroso ni alegre. A decirme comenzó mi gracioso Maestro:
«Aquel con esa cimitarra en la mano mira, que viene ante los tres, cual si fuera su señor. Ese es Homero, Poeta soberano; el que viene a continuación es Horacio, el satirista; el tercero es Ovidio, y el último es Lucano. Puesto que a cada uno de estos conmigo se aplica el nombre que esa voz solitaria proclamó, me honran, y en ello hacen bien».
Así vi reunirse la hermosa escuela de aquel señor del canto preeminente, que sobre los demás cual águila vuela.
Cuando hubieron conversado un tanto entre ellos, hiciéronme señales de saludo, y al verlo, sonrióse mi Maestro; y aún me hicieron mayor honor todavía, pues me aceptaron en su propia banda, de modo que el sexto fui entre tanto ingenio.
Así avanzamos hasta la luz, diciendo cosas que es callar conveniente, como lo era decirlas donde yo estaba.
Llegamos al pie de un noble castillo, siete veces cercado por altos muros, defendido en torno por un hermoso arroyo; este lo cruzamos como si