parecía nieve recién caída. Y ahora parecían guiadas por la blanca, ahora por la roja, y al canto de esta las otras tomaban el paso, ya lento, ya veloz. A la mano izquierda cuatro hacían fiesta vestidas de púrpura, siguiendo el compás de una de ellas con tres ojos en la cabeza. A la zaga de todo el grupo aquí tratado vi a dos ancianos, de hábito diferente, pero de igual porte, cada cual digno y grave. Uno se mostraba como uno de los discípulos de aquel supremo Hipócrates, a quien la naturaleza hizo para los animales que más ama; el otro manifestaba cuidado contrario, con una espada tan brillante y tan aguda, que me causaba terror de este lado del río. Después vi a cuatro de humilde aspecto, y detrás de todos a un anciano solo, que caminaba dormido con rostro astuto. Y como la primera compañía, estos siete estaban vestidos; mas de la flor de lis no llevaban guirnalda alguna alrededor de la cabeza, sino de rosas y otras flores bermejas; a poca distancia la vista habría jurado que todos ardían en llamas sobre sus cejas. Y cuando el carro estuvo enfrente de mí, se oyó un trueno; y a aquella gente augusta le pareció prohibido el mayor progreso, al detenerse allí con las enseñas de vanguardia.
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Canto XXIX
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