cuando estés más allá de las anchas aguas, dile a mi Giovanna que roue por mí, allí donde se responde a los inocentes. No creo que su madre me ame más, desde que se quitó la toca blanca, que ella, infeliz, sin duda vuelve a desear. Por ella se comprende muy fácilmente cuánto dura en la mujer el fuego del amor, si el ojo o el tacto no lo encienden a menudo. Un blasón tan bello no la hará hacer honor al áspid de los milaneses en el campo, como lo habría hecho el gallo de Gallura». De este modo habló, con el sello impreso en su aspecto de aquel celo justo que arde mesuradamente en el corazón.
Mis avaras miradas aún subían al cielo, hacia ese punto donde más lentas giran las estrellas, como la rueda más cercana al eje.
Y mi Conductor: «Hijo, ¿qué miras allá arriba?».
Y yo a él: «Esas tres antorchas con las que este polo meridional arde por completo».
Y él a mí: «Las cuatro estrellas resplandecientes que viste esta mañana ya están muy abajo, y estas han subido adonde aquellas estaban».
Mientras hablaba, Sordello hacia sí lo atrajo, diciendo: «He ahí a nuestro Adversario», y con el dedo señaló hacia allá. Por el lado en que el pequeño valle no tiene muro, había una serpiente; tal vez la misma que dio a Eva el amargo alimento. Entre hierba y flores avanzaba la mala estirpe, volviendo a veces la cabeza y lamiéndose el lomo como bestia que se acicala. No vi, y por tanto no puedo decir cómo los celestiales halcones echaron a volar, mas bien vi que ambos se movían. Al oír que el aire hendían sus