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nydus/The Divine ComedyPublic
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Canto XXX

“Oh” —le dije—, “que así el otro no te clave los dientes, no te cueste tanto decirnos quién es antes que de aquí huya”.

Y él a mí: “Esa es la antigua sombra de la infame Mirra, que fue de su padre amante, más allá del amor debido. Vino a pecar con él de esta manera, falsificando la forma de otra; como el que allá se aleja emprendió, para ganar la señora de la grey, falsificar en sí a Buoso Donati, haciendo testamento y dándole forma”.

Y después que los dos maníacos pasaron, en quienes fije el ojo, volví atrás para mirar a los otros malnacidos.

Vi uno hecho a manera de laúd, si tan solo hubiese tenido cortada la ingle justo en el punto en que el hombre se horquilla.

La hidropesía grave, que tan desproporciona los miembros con humores que mal concocta, que el rostro no corresponde al vientre, le obligaba a tener los labios tan abiertos como elético que, por la sed, uno hacia la barbilla, el otro hacia arriba tuerce.

“Oh vosotros, que sin pena alguna estáis —y no sé por qué— en el mundo doliente”, nos dijo, “atended y ved la miseria del maestro Adamo; en vida tuve cuanto quise, ¡y ahora, ay!, una gota de agua anhelo. Los arroyos que de los verdes montes del Casentino bajan hacia el Arno, haciendo sus cauces fríos y húmedos, siempre están ante mí, y no en vano; pues su imagen me seca mucho más que la dolencia que me desfigura el rostro. La rígida justicia que me castiga toma ocasión del lugar en que pequé para hacer volar más mis suspiros. Allí está Romena, donde falsifiqué la moneda acuñada con el Bautista, por lo que dejé mi cuerpo quemado arriba.

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