Piccarda y Constanza.
Aquel Sol que antiguo en mi pecho encendió el amor, de la hermosa verdad me había descubierto, probando y reprobando, el dulce aspecto. Y, para que me confesara convencido y confiado, tanto como convenía, alcé más erecta la cabeza para hablar. Pero apareció una visión que me atrajo tan cerca de sí, para ser vista, que mi confesión ya no recordé. Tal como a través de un pulido y transparente vidrio, o de aguas cristalinas e imperturbadas, mas no tan hondas que se pierda su fondo, regresan los contornos de nuestros rostros tan débiles, que una perla en blanca frente no llega con menor rapidez a nuestros ojos; así vi yo muchos rostros prontos a hablar, de modo que incurrí en el error opuesto al que encendió el amor entre el hombre y la fuente. Tan pronto como fui consciente de ellos, tomándolos por imágenes reflejadas, para ver de quién eran giré mis ojos, y nada vi, y los volví de nuevo hacia adelante directos a la luz de mi dulce Guía, que sonriendo brillaba en sus ojos santos. «No te maravilles», me dijo, «de que sonría ante esta tu pueril ocurrencia, ya que en la verdad aún no apoya el pie, sino que te vuelve, como suele, a la vacuidad. Verdaderas sustancias son estas que contemplas, aquí relegadas por el quebranto de algún voto. Por tanto, habla con ellas, escucha y cree; pues la luz verdadera, que les da la paz, no les permite apartar de ella sus pies». Y yo hacia la sombra que mostraba mayor deseo de hablar me dirigí, y comencé, como quien por exceso de afán se aturde: «¡Oh espíritu bien