pensamiento es consciente antes de que llegue; y Beatriz, ella a quien se ve pasar de bien en mejor, y tan repentinamente que no por el tiempo se expresa su acción, ¡cuán lúcida en sí misma debió de haber sido! Y lo que estaba en el sol, a donde entré, aparente no por color sino por luz, yo, aunque invoque ingenio, arte y práctica, no puedo decirlo de modo que se imagine; créase que se puede, y anhelese verlo. Y si nuestras fantasías son muy humildes para tanta altura, no es maravilla, pues sobre el sol jamás ojo pudo ir. Tal en este lugar era la cuarta familia del alto Padre, que siempre la sacia, mostrando cómo exhala y cómo engendra. Y Beatriz comenzó: “¡Da gracias, da gracias al Sol de los Ángeles, que a este sensible te ha elevado por su gracia!”. Jamás corazón de mortal estuvo tan dispuesto a la adoración, ni a entregarse a Dios con toda su gratitud estuvo tan listo, como a aquellas palabras me volví yo; y todo mi amor se absorbió tanto en Él, que en el olvido Beatriz quedó eclipsada. Ni esto le desagradó; sino que sonrió de ello de tal modo que el esplendor de sus ojos risueños mi único pensamiento en muchas cosas dividió. Luces muchas vi, vívidas y triunfantes, hacernos un centro y a sí mismas un círculo, más dulces en la voz que luminosas en el aspecto. Así ceñida vemos a veces a la hija de Latona, cuando es pregnante el aire, de modo que retiene el hilo que hace su cinto. Dentro de la corte del Cielo, de donde regreso, se hallan muchas joyas tan bellas y preciosas que no pueden ser transportadas del reino; y de ellas era el canto de aquellas luces. ¡Quien no toma alas para volar allá arriba, las noticias de allí espérelas del mudo! Tan pronto como cantando así aquellos ardientes soles hubieron dado vueltas a nuestro alrededor tres veces, asemejándose a estrellas vecinas a
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Canto X
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