«Otra respuesta», dijo él, «no te doy, sino el acto; porque a la petición modesta debe seguir la obra en silencio».
Del puente descendimos por su cabecera, allí donde con la octava orilla se une, y entonces se me mostró la fola; y vi en ella una turba terrible de serpientes, y de una especie tan monstruosa, que el recuerdo aún me congela la sangre.
¡No se jacte más Libia con su arena; pues si Quilidros, Yáculos y Fareas cría, con Cencreos y con Anfisbenas, tantas plagas ni tan malignas jamás mostró con toda Etiopía, ni con lo que hay junto al mar Rojo!
Entre esta turba cruel y desconsolada la gente corría desnuda y aterrorizada, sin la esperanza de refugio o de heliotropo.
Tenían las manos atadas a la espalda con serpientes; estas clavaban en sus ijares la cola y la cabeza, y se enroscaban por delante.
¡Y he aquí que a uno que estaba de nuestro lado se lanzó una serpiente, que lo traspasó allí donde el cuello se une a los hombros!
Ni una O tan rápida jamás, ni una I se escribieron como él se encendió y ardió; y por completo en cenizas fue menester que se convirtiera al caer.
Y cuando quedó así deshecho en el suelo, las cenizas se juntaron, y por sí mismas volvieron al instante a ser él mismo.
Así es como los grandes sabios confiesan que muere el fénix, y luego vuelve a nacer, cuando se acerca a su año quinientos; de hierba ni de grano se alimenta en su vida, sino solo de lágrimas de incienso y amomo, y nardo y mirra son su último sudario.
Y como es aquel que cae, y no sabe cómo, por fuerza de demonios que a la tierra lo arrastran, u otra opilación que al hombre liga, cuando se alza y a su alrededor mira, por completo aturdido por la gran angustia que ha sufrido, y al mirar suspira; tal fue aquel pecador tras haberse levantado.