CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/The Divine ComedyPublic
EspañolEnglish
Página 404 de 404
Table of Contents

Canto XXXIII

Oración a la Virgen⁠—El triple círculo de la Trinidad⁠—Misterio de la naturaleza divina y humana.

“Virgen Madre, hija de tu Hijo, humilde y alta más que criatura, término fijo del eterno consejo, tú eres la que a la humana naturaleza nobilitaste tanto, que su Creador no desdeñó hacerse su hechura. En tu seno se encendió el amor por cuyo calor en la eterna paz así ha germinado esta flor. Aquí eres para nosotros meridiana antorcha de caridad, y allá abajo, entre los mortales, eres de esperanza viva fuente manantial.

Señora, eres tan grande y tanto vales, que quien quiere gracia y a ti no recurre, quiere que su deseo vuele sin alas. Tu benignidad no solo socorre a quien la pide, sino que muchas veces se adelanta libremente al ruego. En ti hay misericordia, en ti piedad, en ti magnificencia, en ti se junta cuanto de bondad hay en la criatura.

Ahora este, que desde la ínfima hondura del universo hasta aquí ha visto una a una las vidas espirituales, te suplica que por gracia le des tanto poder que pueda con los ojos levantarse más alto hacia la salud postrera. Y yo, que nunca por mi propia visión ardí más de lo que ardo por la suya, te presento todas mis oraciones, y ruego que no sean pocas, para que disipes con tus ruegos toda nube de su mortalidad, de modo que el Sumo Bien se le muestre patente.

Te ruego además, Reina, que puedes cuanto quieres, que guardes sanos sus afectos después de tan gran visión. ¡Venza tu custodia los humanos impulsos; mira a Beatriz y a todos los bienaventurados que para secundar mis ruegos te unen las manos!»

Los ojos amados y reverenciados de Dios, fijos en el que hablaba, nos mostraron cuán gratos le son los devotos votos; después a la Luz Eterna se volvieron, en la cual no es creíble que ojo de criatura pudiera jamás hincarse con tanta claridad. Y yo, que al fin de todos los deseos estaba llegando, tal como debía, acabé en mí el ardor del deseo.

Bernardo me sonreía y hacía gestos para que mirara arriba; mas yo ya era por mí mismo tal como él quería; porque mi vista, haciéndose pura, entraba más y más por el rayo de la Luz Alta que de sí es verdadera. Desde entonces lo que vi fue mayor que nuestro habla, que cede a tal visión, y a tanto exceso cede la memoria.

Como aquel que ve en sueños, y después del sueño la pasión impresa queda, y el resto a la mente no vuelve, tal soy yo, pues casi cede toda mi visión, y aún destila en mi corazón la dulzura que nació de ella; así la nieve al sol se desata, así al viento, en las hojas leves, se perdían los vaticinios de la Sibila.

¡Oh Luz Suprema, que te alzas tanto de los conceptos de los mortales, devuélvele a mi mente un poco de lo que parecías, y haz que mi lengua sea tan poderosa que una sola chispa de tu gloria pueda dejar a la futura gente; porque volviendo algo a mi memoria y sonando un poco en estos versos, más se concebirá de tu victoria!

Creo que por la agudeza del vivo rayo que sufrí me habría desorientado, si mis ojos se hubiesen apartado de él; y recuerdo que fui más audaz por esto en sufrirlo, hasta unir mi mirada con la Gloria Infinita. ¡Oh gracia abundante, por la que osé fijar la vista en la Luz Eterna, tanto que gasté en ella mi ver!

Vi que en su profundidad se encierra, leído con amor en un solo volumen, lo que por el universo se derrama en hojas: sustancia y accidente y sus maneras, fusionados de tal modo juntos, que lo que digo es una luz simple. La forma universal de este nudo creo que vi, porque, al decirlo, siento que mi alegría más dilata.

¡Un solo instante me es letargo más que veinticinco siglos a la empresa que hizo asomar al Ponto la sombra de Argo! Mi mente así, toda suspensa, fija, inmóvil y atenta miraba, y con el mirar se encendía más y más. A la luz uno se vuelve tal que es imposible que consienta jamás apartarse de ella para ver otra cosa; porque el bien, que es objeto de la voluntad, se recoge todo en ella, y fuera de ella es defectuoso lo que allí es perfecto.

Más corta será ahora mi palabra de lo que recuerdo, aun la de un niño que baña todavía su lengua en el pecho. No porque más de un semblante simple hubiese en la luz viva que miraba, pues es siempre tal como era antes; sino porque la vista, que se fortificaba en mí al mirar, con una sola apariencia se iba mudando en mí mientras mudaba.

Dentro de la profunda y clara subsistencia del Alto Lume pareciéronme tres círculos de tres colores y de una sola haz; y el segundo del primero parecía reflejado como Iris por Iris, y el tercero parecía fuego que igualmente de entrambos espire. ¡Oh, cuán corto es el decir y cómo es débil para mi concepto!, y este para lo que vi es tal, que no basta llamarlo pequeño.

¡Oh Luz Eterna que sola en ti moras, sola te entiendes, y a ti misma entendida y entendiente, te amas y sonríes! Aquella circulación que así concebida parecía en ti como lumbre reflejada, por mis ojos un poco contemplada, dentro de sí, de su propio color me pareció pintada con nuestra efigie; por lo que en ella toda mi vista estaba absorta.

Como el geómetra que se afana por cuadrar el círculo, y no halla, pensando, el principio que le falta, tal era yo a aquella vista nueva: quería ver cómo el imago al círculo se cuadra y cómo allí se anida; mas mis alas no eran para eso, si no fuera que mi mente hirió un relámpago en el que vino su deseo.

A la alta fantasía aquí le faltaron las fuerzas; mas ya giraba mi deseo y mi querencia, como rueda que igualmente se mueve, el Amor que mueve el sol y las demás estrellas."

404