dijo con severidad; y él se acercaba con los ojos aún fijos en aquella modesta. Agarró a la otra y por delante la abrió, desgarrando sus vestiduras, y me mostró su vientre; esto me despertó con el hedor que de él salía.
Volví los ojos, y el buen Virgilio dijo:
«Al menos tres veces te he llamado; levántate y ven; hallemos la abertura por la que puedas entrar».
Me incorporé; y ya henchidos de gran día estaban todos los círculos de la Montaña Sagrada, y marchábamos con el nuevo sol a nuestra espalda.
Siguiéndole los pasos, llevaba yo la frente como quien la carga de pensamientos, haciéndose de un puente el medio arco, cuando oí decir: «Ven, aquí está el paso», dicho de un modo tan tierno y benigno cual no se oye en esta región mortal.
Con alas abiertas, que de cisne parecían, nos volvió hacia arriba quien así nos habló, entre las dos paredes del granito macizo.
Movió sus plumas después y nos abanicó, afirmando que los qui lugent son bienaventurados, pues tendrán sus almas colmadas de consuelo.
“¿Qué te aqueja, que al suelo siempre miras?”, comenzó a decirme mi Guía, habiendo ascendido ambos algo más allá del Ángel.
Y yo: “Con tal recelo me hace marchar una visión nueva, que a sí misma me inclina, de modo que no puedo apartar de ella el pensamiento”.
“¿Viste”, dijo, “a aquella antigua hechicera, que por encima de nosotros ya sola se lamenta? ¿Viste cómo el hombre se libera de ella? Bástete, y golpea la tierra con los talones, eleva tus ojos hacia el señuelo, que hace girar el Rey Eterno con vastas revoluciones”.