de mí, rogando a Estacio que viniera tras de mí, que un buen trecho antes nos separaba. Cuando estuve dentro, en vidrio derretido me habría arrojado para refrescarme, ¡tan sin medida era el ardor allí! Y mi dulce Padre, para animarme, hablando siempre de Beatriz proseguía, diciendo: “¡Sus ojos me parece ver ya!”. Una voz que del otro lado cantaba nos guiaba, y nosotros, atentos solo a ella, salimos por donde empezaba la cuesta. “Venite, benedicti Patris mei”, resonó dentro de un fulgor, que era allí tal que me venció y no pude mirar. “El sol se va —añadió—, y la noche llega; no os detengáis, sino apresurad vuestros pasos, mientras el poniente no se oscurezca aún.” Derecho a través de la roca ascendía el camino de tal modo que yo interceptaba los rayos del sol ante mí, que ya estaba bajo. Y pocos escalones habíamos probado ya, cuando por la sombra desaparecida supusimos la puesta del sol a nuestras espaldas, yo y mis Sabios. Y antes de que en todas sus partes inmesurable el horizonte se hubiera vuelto de un solo aspecto, y la Noche tuviera su imperio ilimitado, cada uno de nosotros hizo de un peldaño su lecho; porque la naturaleza del monte nos quitaba el poder de subir, más que el deseo. Así como rumiando se aquietan las cabras que han sido rápidas y atrevidas por las cumbres antes de pacer, calladas en la sombra, mientras el sol quema, vigiladas por el pastor que sobre su bastión se apoya, y apoyado las cuida; y como el pastor que pernocta al aire libre pasa la noche junto a su tranquilo rebaño, vigilando que ninguna fiera lo disperse, tales éramos a esa hora los tres, yo como la cabra, y como los pastores ellos, cercados de este y de otro lado por las rocas. Poco se podía ver de las cosas de fuera; pero por ese poco vi las estrellas más luminosas y más grandes de lo habitual. Rumiando así, y mirando aquellas, el sueño se apoderó de mí —el sueño que muchas veces antes de que ocurra un hecho tiene noticia de él—. Era la hora, creo, en que desde el oriente primero brilló sobre el monte Citerea, que de fuego de amor siempre parece arder; joven y hermosa en sueños me pareció ver a una dama que caminaba por un prado, recogiendo flores; y cantando decía: “Sepa cualquiera que mi nombre demanda que soy Lea, y voy moviendo mis bellas manos
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Canto XXVII
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