«Por este lugar conviene > llevar las riendas bien ceñidas sobre los ojos, > visto que tan fácilmente
“Summae Deus clementiae”, en el seno del gran ardor entonces cantar oí, que no menos me hizo anhelar volverme; y espíritus vi por la llama caminando; por lo que miraba, a mis pasos y a los suyos repartiendo mi vista de vez en cuando. Tras el final que a aquel himno se hace, en voz alta gritaron: “Virum non cognosco”; y de nuevo empezaron el himno con voces bajas. Acabado también este, exclamaron: “Al bosque Diana huyó, y de allí echó a Helice, que el veneno de Venus había sentido”. Luego a su canto tornaron; luego a las esposas clamaron, y a los maridos que castos fueron, como la virtud y el voto conyugal imponen. Y creo que este modo les basta, todo el tiempo que el fuego los quema; con tal cuidado es necesario, y tal alimento, que la última llaga de todas sea cerrada.