Entonces extendí un poco la mano y arranqué una ramita de un gran espino; y el tronco gritó: «¿Por qué me despedazas?».
Después de que se hubo teñido de sangre, reanudó su grito: «¿Por qué me desgarras? ¿No tienes ningún espíritu de piedad? Hombres fuimos una vez, y ahora somos árboles; en verdad, tu mano debió ser más piadosa, aun si almas de serpientes hubiésemos sido».
Como de un tizón verde que estuviera encendido por un extremo, y por el otro gotease y sisease con el viento que escapa; así de aquella astilla salían juntas palabras y sangre; ante lo cual dejé caer la punta, y me quedé como un hombre temeroso.
“De haber podido antes creer antes —mi Sabio respondió—, oh alma herida, lo que solo en mis versos vio, no habría extendido su mano sobre ti; mas la cosa increíble me ha llevado a obligarle a un acto que me pesa.
Pero dile quién fuiste, para que en desagravio tu fama renueve allá en el mundo, al cual puede regresar”.
Y el tronco dijo: > «Tus dulces palabras tanto me cautivan, que no puedo guardar silencio; y que no te disguste que tenga la tentación de hablar un poco. Yo soy quien guardaba las dos llaves del corazón de Federico, y las giraba de un lado a otro con tanta suavidad al abrir y al cerrar, que oculté sus secretos a la mayoría de los hombres; llevé el glorioso cargo de la fidelidad con tanta grandeza, que por ello perdí el sueño y el pulso. La cortesana que nunca apartó de la morada del César sus ojos de ramera, la muerte universal y el vicio de las cortes, inflamaron en mi contra a las demás mentes, y ellas, inflamadas, inflamaron de tal modo a Augusto, que mis alegres honores se convirtieron