que se abstenga, por vergüenza, de hablar con los buenos o acercarse a ellos. Es verdad que quedan tres ancianos en quienes la edad antigua reprende a la nueva, y tardío les parece que Dios los restituya a la mejor vida: Currado da Palazzo, y el buen Gherardo, y Guido da Castel, que es mejor nombrado, a la francesa, el lombardo simple. Di de aquí en adelante que la Iglesia de Roma, confundiendo en sí misma dos poderes, cae en el fango y ensucia su carga y a sí misma.
“Oh, Marco mío —le dije—, razonas bien; y ahora discierno por qué los hijos de Leví han quedado excluidos de la herencia. Mas ¿qué Gherardo es ese que, como muestra de una raza perdida, dices que ha quedado en reprobación del bárbaro siglo?”
«O tu discurso me engaña, o me tienta», él me respondió; «pues hablándome en toscano, parece que nada sabes del buen Gherardo.
Por otro apellido no lo conozco, a no ser que lo tome de su hija Gaia. Que Dios esté con vosotros, pues no voy más lejos.
Mira la aurora que a través del humo irradia, ya blanqueando; y debo partir — allá está el Ángel— antes de que aparezca».
Así habló, y no quiso escucharme más.