Mi Maestro entonces sobre su diestra mejilla se volvió hacia atrás, y me miró; luego dijo: «Bien escucha quien toma nota».
Y no hablando menos por tal causa, marcho con ser Brunetto, y pregunto quiénes son sus más conocidos y más eminentes compañeros.
Y él a mí: «De algunos saber es bueno; de los otros sería loable callar, pues corto sería el tiempo para tanto hablar. Sabe pues, en suma, que todos fueron clérigos y hombres de letras grandes y de gran fama, en el mundo manchados por un mismo pecado. Prisciano va allá con esa turba mezquina, y Francisco de Accorso; y habrías visto allí, si hubieras tenido apetencia de tal escoria, aquel que por el Siervo de los Siervos del Arno fue trasladado al Bacchiglione, donde dejó sus nervios por el pecado crispados.
Más diría, pero el venir y el discurrir no pueden ser más largos; pues veo nuevo humo levantarse allá en la arena. Una gente viene con la que no debo estar; recomendado te sea mi Tesoro, en el que aún vivo, y más no pido».
Luego dio vuelta, y parecióse a aquellos que en Verona corren por el verde drapo a través del campo; y parecióse entre ellos al que vence, y no al que sale perdedor.