demasía la han castigado millares de períodos lunares. Y si no hubiera enderezado mis pensamientos, cuando oí el pasaje donde exclamas, como indignado, contra la naturaleza humana: “¿A qué no impelas, oh maldita hambre del oro, el apetito de los mortales?”, rodando sentiría las sombrías justas. Entonces comprendí que las manos podían abrir demasiado sus alas al gastar, y me arrepentí tanto de eso como de mis otros pecados; ¡cuántos resucitarán con el cabello rapado por causa de la ignorancia, que de este pecado corta el arrepentimiento en vida y en muerte! Y sabe que la transgresión que rechaza por oposición directa cualquier pecado, junto con él, aquí seca su verdor. Por tanto, si he estado entre esa gente que llora su avaricia, para purificarme, por su opuesto me ha ocurrido esto».
“Cuando cantabas las crueles armas de la dual congoja de Yocasta”,
dijo el cantor de las Bucólicas, “por lo que allí Clio contigo preludia, no parece que te hubiera hecho fiel aún la fe sin la cual las buenas obras no bastan.
Si es así, ¿qué velas o qué sol dispersaron tus tinieblas para que izaras tus velas tras el Pescador después?”
Y él a él: «Tú primero me dirigiste hacia el Parnaso, a beber en sus grutas, y primero acerca de Dios me iluminaste. Hiciste como aquel que camina de noche, que lleva la luz a la espalda, y no le sirve, mas hace sabios a los que van tras él, cuando dijiste: “El siglo se renueva, la justicia retorna y el tiempo primordial del hombre, y una nueva estirpe desciende del cielo”. Por ti fui poeta, por ti cristiano; mas