La quinta fosa: los peculadores — El anciano de Santa Zita — Malebranche.
Así, de puente en puente, hablando de otras cosas de las que mi Comedia no se cuida de cantar, llegamos a la cumbre y nos detuvimos para contemplar otra hendidura de Malebolge y otros vanos lamentos; y la vi maravillosamente oscura.
Como en el Arsenal de los venecianos hierve en invierno la tenaz pez para calafatear sus naves dañadas, pues no pueden navegar; y en vez de ello uno hace nueva su embarcación, y otro calafatea las costillas de la que muchos viajes ha hecho; uno martilla en la proa, otro en la popa, este hace remos, y aquel torce cables, otro remienda la vela mayor y la mesana; así, no por fuego, sino por divina técnica, hervía allí abajo una espesa pez que por todos lados engomaba la ribera. Yo la vi, pero no vi en su interior nada más que las burbujas que el hervor alzaba, y cómo todo se hinchaba y se comprimía de nuevo.
Mientras yo fijamente allí miraba, mi guía, gritando: «¡Cuidado, cuidado!», me atrajo hacia sí desde el lugar donde estaba.
Entonces me volví, como aquel que impaciente por ver lo que le urge sortear, y a quien un súbito terror quebranta,
sin demorar la huida mira mientras marcha; y vi a nuestras espaldas a un negro demonio que, corriendo por la roca, se acercaba.
¡Ah, qué feroz era su aspecto! ¡Y cuán despiadado me pareció en sus actos, con las alas abiertas y ligero de pies! Sus hombros, que eran agudos y altos, cargaban a un pecador por ambas caderas, y aferrados tenía los tendones de los pies.