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nydus/The Divine ComedyPublic
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Canto IX

Y más dijo, mas no lo tengo en la mente; porque mi vista por completo me había atraído hacia la alta torre de encendida cumbre, donde en un instante vi alzarse raudas las tres Furias infernales manchadas de sangre, que tenían miembros y ademanes de mujeres, y estaban ceñidas con las más verdes hidras; serpientes pequeñas y cerastas eran sus trenzas, con las que sus horribles sienes se enredaban.

Y él, que bien conocía a las servidoras de la Reina del eterno lamento, me dijo: “Mira a las fieras Erinias. Esta es Megara en el lado izquierdo; la que llora a la derecha es Alecto; Tisífone está en medio”; y luego calló.

Cada una se desgarraba el pecho con las uñas; se golpeaban con las palmas y gritaban tan fuerte, que yo, por terror, me apegué al Poeta. “¡Venga Medusa, para que en piedra lo cambiemos!”, gritaban todas mirando hacia abajo; “¡en mala hora no vengamos el asalto de Teseo!”

“Vuélvete y mantén los ojos bien cerrados, pues si aparece la Gorgona y llegaras a verla, ya no habría retorno hacia lo alto”. Dijo el Maestro, y él mismo me volvió y no confió en mis manos hasta el punto de no cegarme con las suyas.

¡Oh vosotros que tenéis los intelectos sanos,

mirad la doctrina que se esconde bajo el velo de los versos extraños!

Y ahora cruzaba sobre las turbias olas el estrépito de un son de terror lleno, por el cual ambas márgenes temblaban; no de otro modo era que el de un viento impetuoso a causa de opuestos calores, que hiende la selva y, sin freno alguno, ramas desgarra, abate y se lleva; soberbio marcha, cargado de polvo, y pone en fuga a las fieras y a los pastores. Mis ojos me soltó, y dijo: «Dirige el nervio de la visión ahora por esa espuma antigua, allá donde ese humo es más denso».

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