y no hablemos en vano; pues tal es para él cualquier lengua como la suya para los demás, que a nadie es conocida».
Por tanto hicimos un viaje más largo, Girando a la izquierda, y a un tiro de ballesta hallamos otro mucho más fiero y grande.
Al atar a este, quién pudiera ser el maestro no lo sé; pero tenía aprisionado de cerca tras el brazo derecho y al frente el otro, con cadenas que lo tenían tan ceñido desde el cuello abajo, que en la parte descubierta se enroscaba hasta la quinta espira.
—Este orgulloso quiso hacer prueba de su poder contra el supremo Jove — dijo mi Guía—, por lo que tal galardón tiene. Efialtes se llama; gran valor demostró en el tiempo en que los gigantes aterrorizaron a los dioses; los brazos que blandió jamás vuelve a moverlos.
Y yo a él:
«Si fuera posible, desearía que de este desmedido Briareo mis ojos tuviesen experiencia».
A lo que él respondió:
«Verás a Anteo aquí cerquita, que habla y está suelto, el cual al fondo de todo crimen nos pondrá. Mucho más allá está aquel que querrías ver, y él está atado, y hecho como este, salvo que en su aspecto parece más feroz».
Jamás hubo un terremoto de tal fuerza que pudiera sacudir una torre con tanta violencia, como Efialtes se sacudió a sí mismo repentinamente.
Entonces tuve más miedo de la muerte que nunca, pues nada más habría sido necesario para morir del miedo, si no hubiera visto las cadenas.
Luego avanzamos más todavía, y llegamos a Anteo, que, fuera de la cueva, cinco codos enteros asomaba sin la cabeza.