espíritu, “muy renombrado, mas aún sin fe. Tan dulce era mi espíritu sonoro, que a Roma a mí, tolosano, atrajo hacia sí, donde merecí ceñir mis sienes de mirto. Estacio me llama aún la gente en la tierra; canté sobre Tebas, y luego sobre el gran Aquiles; pero caí en el camino con mi segunda carga. Las semillas de mi ardor fueron las centellas de aquella llama celestial que me inflamó, con la que más de mil han sido encendidos; de la Eneida hablo, la cual fue para mí una madre, y fue mi nodriza en el canto; sin ella no habría pesado ni el peso de una dracma. Y por haber vivido en la tierra el tiempo en que vivió Virgilio, aceptaría un sol más de lo debido antes de salir de mi destierro”.
Estas palabras hacia mí volvieron a Virgilio, con gestos que en su silencio decían: «¡Calla!».
Mas la facultad que quiere no puede hacerlo todo; pues el llanto y la risa son tales heraldos de la pasión de la que cada uno brota, que en los más veraces siguen menos a la voluntad.
Yo solo sonreí, como quien hace un guiño; por lo que la sombra calló, y fijó la mirada en mis ojos, donde más reside la expresión; y dijo: «Así como puedas consumar una obra tan grande, ¿por qué tu rostro hace un momento me mostró el fulgor de una sonrisa?».
Ahora me hallo atrapado a este lado y a aquél; uno me calla, el otro me conjura a hablar, por lo que suspiro y soy comprendido.
«Habla», dijo mi Maestro, «y no temas hablar, sino habla con franqueza y dile lo que demanda con tanta solicitud».
Por lo que yo: «Quizá te marabilles, oh espíritu antiguo, de la sonrisa que di; mas quiero que mayor asombro se apodere de ti. Éste, que guía en lo alto estos ojos míos, es aquel Virgilio, de quien aprendiste a cantar a los hombres y a los Dioses. Si otra causa atribuiste a mi sonrisa, abandónala como falsa y cree que fueron aquellas palabras que has dicho acerca de él».