Y cual aquel que con los osos vino a vengar su afrenta, vio el carro de Elías al partirse, cuando los corceles alzaron erguidos al cielo, y no pudo seguirlo con la vista de modo que otra cosa viera sino tan solo la llama, como nubecilla ascendiendo hacia arriba;
así cada uno por la garganta de la fosa se movía, pues ninguno revela el hurto, y cada llama hurta a un pecador.
Me detuve sobre el puente elevado para ver, de tal modo que, si no me hubiera aferrado a una roca, habría caído abajo sin que nadie me empujara.
Y el Guía, que me vio tan atento, exclamó: «Dentro de los fuegos están los espíritus; cada uno se envuelve con aquello con lo que se quema».
«Maestro mío», le respondí, «oyéndote estoy más seguro; pero ya conjeturaba que era así, y ya deseaba preguntarte quién está en ese fuego, que viene tan hendido en la cima, que parece surgir de la pira en la que Eteocles fue con su hermano colocado».
Él me respondió:
«Dentro están atormentados Ulises y Diomedes, y así juntos corren a la venganza como a la ira. Y allí, dentro de su llama, se lamentan de la emboscada del caballo que abrió la puerta de donde salió la noble semilla de los romanos; allí se llora el engaño por el cual, aun muerta, Deyidamía se lamenta de Aquiles, y allí se sufre por el Paladio».
“Si dentro de estas centellas poseen el poder de hablar —dije—, te ruego, Maestro, y te vuelvo a rogar, y valga el ruego por mil, que no me niegues la gracia de esperar hasta que la llama cornuda hacia aquí se acerque; bien ves que con deseo me inclino hacia ella”.