«Tus palabras y mi intelecto secuaz —le respondí— me han revelado el amor; pero eso me ha hecho más impregnado de duda; porque si el amor desde fuera nos es ofrecido, y con el otro pie el alma no va, si va recta o torcida, no es mérito suyo». Y él a mí: «Lo que la razón ve aquí, puedo decírtelo yo; de ahí en adelante aguarda a Beatriz, puesto que es obra de fe. Toda forma sustancial, que separada está de la materia y con ella se unida, tiene en sí recogida una potencia específica, la cual sin acto no es perceptible, ni se muestra sino por su efecto, como la vida en una planta por las hojas verdes. Pero aún, de dónde venga la inteligencia de las primeras nociones, el hombre lo ignora, y el afecto por los primeros alicientes, que están en vosotros como el instinto en la abeja para hacer su miel; y este primer deseo no contiene mérito de alabanza o de culpa. Ahora bien, para que a este se reúnan todos los demás, es innata en vosotros la potencia que aconseja, y ella debe guardar el umbral del asentimiento. Este es el principio del cual se toma la ocasión del mérito en vosotros, según tome y entresaque los amores buenos y culpables. Aquellos que en el razonamiento fueron hasta el fondo fueron conscientes de esta libertad innata, por lo cual legaron la Ética al mundo. Suponiendo, pues, que por necesidad brota todo amor que en vosotros se enciende, en vosotros está la potencia de refrenarlo. La noble virtud Beatriz entiende por libre albedrío; y por tanto procura que lo tengas presente, si hablare de ello». La luna, rezagada casi hasta la medianoche, hacía ahora que las estrellas nos parecieran más raras, formada como un cubo que arde por completo, y contraria a los cielos corría por aquellos senderos que el sol inflama cuando el de los romanos la ve descender entre Sardes y Córcega; y aquella sombra patricia, por quien es más nombrada Pietola que cualquier otra ciudad mantuana, se había despojado de la carga de mi
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Canto XVIII
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