estábamos marchando, una vez ascendido, y «Beati misericordes» se cantaba detrás de nosotros: «¡Regocíjate, tú que vences!».
Mi Maestro y yo, los dos solos íbamos subiendo, y yo pensaba, al ir, sacar algún provecho de sus palabras; y me dirigí a él, preguntando así: «¿Qué quiso decir el espíritu de Romaña al mencionar interdicción y compañía?». Por lo cual él a mí: «De su mayor defecto él conoce el daño; y por tanto no te maravilles si nos reprende, para que menos lo lamentemos. Porque vuestros deseos se dirigen allí donde por la compañía mengua la parte de cada uno, la envidia acciona el fuelle de vuestros suspiros. Pero si el amor de la esfera celestial dirigiera hacia arriba vuestra aspiración, no tendríais ese miedo en vuestro pecho; porque allí, cuanto más se dice Nuestro, tanto más de bien posee cada uno, y más caridad arde en ese claustro».
“Más hambriento estoy de ser satisfecho —dije—, que si antes hubiera estado callado, y más dudas acumulo en mi mente. ¿Cómo puede ser que un bien distribuido haga a los poseedores más ricos en él, que si fuera poseído por unos pocos?”
Y él a mí: “Porque fijas tu mente enteramente en las cosas terrenas, sacas oscuridad de la misma luz. Aquella bondad infinita e inefable que está allá arriba, corre hacia el amor, como el rayo de sol llega a un cuerpo lúcido.
Tanto se da a sí misma cuanto halla de ardor, de modo que, cuanto se extiende la caridad, sobre ella aumenta el valor eterno. Y cuanta más gente hacia allí aspira, más hay para amar bien, y más se ama allí, y, como en un espejo, uno al otro se refleja.
Y si mi raciocinio no te apaña, verás a Beatrice; y ella te quitará por completo este y cualquier otro anhelo. Esfuérzate, pues, en que pronto se extingan, como ya lo están los otros dos, las cinco llagas que se cierran al dolernos”.