El ascenso al Primer Cielo.
La gloria de Aquel que todo mueve penetra el universo y resplandece en una parte más y en otra menos. Dentro del cielo que más de su luz recibe estaba yo, y vi cosas que repetir no sabe ni puede quien de arriba desciende; porque al acercarse a su deseo, nuestro intelecto se hunde tan hondo que la memoria no puede ir tras él. Cierto que cuanto del reino santo pude atesorar en mi mente será ahora la materia de mi canto. ¡Oh buen Apolo, para esta última empresa hazme de tu poder tal vaso como el laurel amado exige! Una cumbre del Parnaso me ha bastado hasta ahora, mas ahora con ambas he de entrar en la lid que me queda. Entra en mi pecho, tú, y resuella como cuando a Marsias sacaste de la vaina de sus miembros. ¡Oh poder divino, si te prestas a mí tanto que la sombra del reino bendito grabada en mi cerebro pueda manifestar, me verás llegar a tu árbol querido y coronarme después con aquellas hojas de las que el tema y tú me hagáis digno! ¡Tan raramente, Padre, las cogemos para el triunfo de César o de Poeta —culpa y vergüenza de los humanos anhelos— que el follaje penefeo debiera engendrar regocijo en la alegre deidad délfica cuando hace a alguien tener sed de él! A una pequeña chispa sigue gran llama; ¡tal vez con mejores voces después de mí se harán plegarias para que Cyrrha responda!