Luego dijo con una sonrisa: «Yo soy Manfredo, el nieto de la emperatriz Constanza; por tanto, cuando regreses, te ruego que vayas a ver a mi bella hija, la madre del honor de Sicilia y del de Aragón, y le digas la verdad, si otra cosa se dijere.
Después de que mi cuerpo fuera lacerado por estas dos mortales puñaladas, me entregué, llorando, a Aquel que de buen grado perdona. Horribles habían sido mis iniquidades; pero la Bondad Infinita tiene brazos tan amplios que recibe a cualquiera que hacia ella se vuelve.
¡Si el pastor de Cosenza, que en mi busca fue enviado por Clemente en aquel tiempo, hubiera leído con entendimiento esta página de Dios, los huesos de mi cuerpo muerto estarían todavía junto a la cabecera del puente, cerca de Benevento, bajo la salvaguarda del pesado túmulo!
Ahora la lluvia los baña y los mueve el viento, fuera del reino, casi junto al Verde, adonde los trasladó con los cirios apagados. Por maldición de ellos no se pierde tanto el Amor eterno, que no pueda retornar, en tanto que la esperanza conserve algo de verde.
Verdad es que quien muere en contumacia de la Santa Madre Iglesia, aunque al fin se arrepienta, debe aguardar fuera de esta ribera treinta veces el tiempo que ha permanecido en su presunción, a menos que tal decreto se acorte por medio de oraciones justas.
Mira ahora si tienes poder para hacerme feliz, haciendo saber a mi buena Constanza cómo me has visto, y también esta prohibición, pues los de la tierra pueden mucho avanzarnos aquí».