Y él a mí: «No desciendas ni un paso; sigue ganando el monte tras de mí, hasta que un sabio guía se nos aparezca».
La cumbre era tan alta que vencía la vista, y la ladera del monte mucho más escarpada que la línea del cuadrante medio al centro.
Fatigado estaba yo cuando comencé: «¡Oh, dulce Padre mío! Vuélvete y mira cómo me quedo solo, si no te detienes».
«Hijo —dijo él—, arrástrate hasta allí arriba», señalándome una terraza algo más alta, que por aquel lado circunda todo el monte.
Estas palabras suyas me estimularon tanto, que esforcé todos los nervios, trepando detrás de él, hasta que el círculo estuvo bajo mis pies.
Allí nos sentamos los dos vueltos hacia el Oriente, por donde habíamos ascendido, pues a todos complace mirar atrás.
Hacia las bajas playas primero dirigí mis ojos, luego los levanté hacia el sol, y me maravillé de que por la izquierda fuéramos golpeados por él.
Bien percibió el Poeta que yo estaba por completo embelesado ante el carro de la luz, donde entre nosotros y el Aquilón entraba.
Por lo cual él me dijo: «Si Cástor y Pólux estuviesen en compañía de aquel espejo que con su luz conduce arriba y abajo, verías la rueda dentada del zodíaco girar aún más cerca de los Osos, a menos que se apartara de su antigua vía. Cómo esto pueda ser, si quieres pensarlo concentrándote en ti, imagina a Sión junto a este monte sobre la tierra en pie, de modo que ambos tengan un solo horizonte y diversos hemisferios; por lo cual el camino que Faetón,