«Oh, dulce Señor mío», dije, «vuelve tus ojos hacia aquel que se muestra más negligente que si la misma Pereza fuera su hermana».
Entonces él se volvió hacia nosotros, y prestó atención levantando apenas los ojos por encima del muslo, y dijo: «Anda, sube tú, que eres valiente».
Entonces supe quién era; y la angustia, que aún aceleraba un poco mi respiración, no impidió que fuera hacia él; y después de llegar a su lado, apenas levantó la cabeza, diciendo: «¿Has visto con claridad cómo el sol guía su carro sobre tu hombro izquierdo?».
Su perezosa actitud y sus corteses palabras un poco a risa movieron mis labios; entonces comencé: «Belacqua, ya no me duelo por ti de aquí en más; mas dime, ¿por qué sentado estás en este lugar? ¿Aguardas escolta? ¿O te ha tomado tu costumbre de siempre?».
Y él: «¡Oh, hermano!, ¿de qué sirve subir? Pues no me dejaría llegar al tormento el Ángel de Dios que está sentado a la puerta. Primero debe el cielo darme tantas vueltas fuera de ella, como hizo en mi vida, ya que los buenos suspiros postergué hasta el fin, a menos que antes una plegaria me auxilie que suba de un corazón que viva en gracia; ¿de qué sirven las otras que en el cielo no se oyen?».
Mientras el Poeta iba delante de mí subiendo, y diciendo: «Ven ahora; mira que el sol ha tocado el meridiano, y la noche desde la orilla cubre ya con su pie a Marruecos».