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nydus/The Divine ComedyPublic
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Canto IV

«Oh, dulce Señor mío», dije, «vuelve tus ojos hacia aquel que se muestra más negligente que si la misma Pereza fuera su hermana».

Entonces él se volvió hacia nosotros, y prestó atención levantando apenas los ojos por encima del muslo, y dijo: «Anda, sube tú, que eres valiente».

Entonces supe quién era; y la angustia, que aún aceleraba un poco mi respiración, no impidió que fuera hacia él; y después de llegar a su lado, apenas levantó la cabeza, diciendo: «¿Has visto con claridad cómo el sol guía su carro sobre tu hombro izquierdo?».

Su perezosa actitud y sus corteses palabras un poco a risa movieron mis labios; entonces comencé: «Belacqua, ya no me duelo por ti de aquí en más; mas dime, ¿por qué sentado estás en este lugar? ¿Aguardas escolta? ¿O te ha tomado tu costumbre de siempre?».

Y él: «¡Oh, hermano!, ¿de qué sirve subir? Pues no me dejaría llegar al tormento el Ángel de Dios que está sentado a la puerta. Primero debe el cielo darme tantas vueltas fuera de ella, como hizo en mi vida, ya que los buenos suspiros postergué hasta el fin, a menos que antes una plegaria me auxilie que suba de un corazón que viva en gracia; ¿de qué sirven las otras que en el cielo no se oyen?».

Mientras el Poeta iba delante de mí subiendo, y diciendo: «Ven ahora; mira que el sol ha tocado el meridiano, y la noche desde la orilla cubre ya con su pie a Marruecos».

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