La profecía de Cacciaguida sobre el destierro de Dante.
Como el que fue a Clímene, a cerciorarse de aquello que había oído contra sí, aquel que hace a los padres cautos con los hijos, tal era yo, y tal era yo percibido por Beatriz y por la santa luz que primero por mi causa había mudado de lugar. Por lo cual mi Dama me dijo: «Manda salir la llama de tu deseo, de modo que salga bien impresa con el sello interno; no porque nuestro conocimiento se haga mayor por palabra tuya, sino para acostumbrarte a contar tu sed, para que te demos de beber». «Oh mi querido árbol, que tanto te elevas, que así como las mentes terrestres perciben que ningún triángulo contiene dos obtusos, así tú contemplas las cosas contingentes antes de que en sí mismas sean, fijando tus ojos en el punto en el que todos los tiempos están presentes», mientras yo estaba con Virgilio unido sobre el monte que cura a las almas, y cuando descendía al mundo de los muertos, me fueron dichas respecto a mi vida futura algunas palabras graves; aunque me siento en verdad cuadrado contra los golpes de la fortuna. Por esta razón mi deseo se contentaría con oír qué destino se me avecina, porque la flecha prevista viene más lentamente». Así dije yo a aquella misma luz que me había hablado antes; y tal como quería Beatriz, mi propia voluntad fue confesada. No con frases ambiguas, en las que el pueblo necio se ensartaba antaño, antes de que fuera muerto el Cordero de Dios que quita los pecados, sino con palabras claras y lenguaje inequívoco respondió aquel amor paternal, ocultado y revelado por su propia sonrisa: