Y respondí como me fue mandado.
Ante lo cual el espíritu se retorció con ambos pies y, suspirando, con voz de lamento me dijo: «¿Qué es, pues, lo que de mí quieres? Si tanto te importa saber quién soy, que por ello has cruzado la ribera, sabe que estuve vestido con el gran manto; y en verdad fui hijo de la Osas, tan codicioso de medrar los oseznos, que arriba las riquezas y aquí a mí mismo me enfrasqué en los bolsillos.
Arrastrados bajo mi cabeza yacen los otros que me precedieron en la simonía, aplanados a lo largo de la hendidura de la roca. Allá abajo caeré yo asimismo, cuando llegue aquel que yo creía que eras cuando te hice la repentina pregunta.
Pero ya llevo más tiempo tostando mis pies y estando aquí de este modo cabeza abajo, que el que él permanecerá plantado con los pies rojos; pues tras él vendrá, de obras más inmundas, desde occidente un Pastor sin ley, tal que conviene que lo cubra a él y a mí. Nuevo Jasón será, de los que leemos en los Macabeos; y así como su rey fue flexible, así el que gobierna Francia lo será para este otro».
No sé si fui aquí demasiado osado, pues solo con esta medida le respondí: «Dime ahora: ¿qué gran tesoro exigió primero nuestro Señor a San Pedro, antes de poner las llaves en su poder? Ciertamente no pidió más que “Sígueme”. Ni Pedro ni los demás pidieron a Matías plata ni oro, cuando fue elegido por suerte para el lugar que el alma culpable había perdido. Quédate, pues, aquí, porque con justicia eres castigado, y guarda bien el dinero mal adquirido que te hizo valiente contra Carlos. Y si no fuera porque me lo prohíbe todavía la reverencia a las llaves supremas que tuviste en custodia en la vida dichosa, usaría palabras aún más graves; porque vuestra avaricia aflige al mundo, hollando a los buenos y