Entro, y te veo en la penumbra oscura de los largos pasillos, ¡oh, vate saturnino!, y me afano en seguir de tu paso el camino.
El aire exhala una fragancia impura; los muertos hacen sitio en su hondura para que pases; brilla el cirio votivo; como grajas del pinar antiguo y altivo, van de tumba en tumba los ecos de la altura.
De los confesionarios oigo erguirse tragedias olvidadas en repetirse, y lamentos de la cripta subterránea;
y luego una voz celestial que se inicia con las palabras de la piadosa albricia: «Aunque vuestros pecados sean como la grana», y concluye con: «como la blanca nieve».
Con velo blanco cual la nieve y ropas de llama, ella se antepone a ti, quien hace tanto tiempo llenó tu joven corazón de pasión y el tormento de donde brotó tu canto y toda su fama; y mientras con severo reproche tu nombre clama, el hielo en tu pecho se funde como el viento en la cumbre nivosa, y en raudo crecimiento brota de tus labios en sollozos de infamia. Haces plena confesión; y un destello, como el alba sobre un sombrío bosque echada, en tu frente alzada parece acrecentarse; Lete y Eunoé —el recuerdo bello y la pena olvidada— traen al fin la esperada perfección del perdón que es paz inalterable.