Los otros dos miraban, y cada uno de ellos gritaba: «¡Ay de mí, Agnello, cómo te transformas! Mira que ya no eres ni dos ni uno».
Ya las dos cabezas se habían vuelto una, cuando se nos aparecieron dos figuras mezcladas en un solo rostro, en el que las dos se habían perdido.
- De los cuatro miembros se formaron los dos brazos,
- los muslos y las piernas, el vientre y el pecho;
- se volvieron miembros que jamás se habían visto.
Todo aspecto original quedó allí borrado; la imagen perversa parecía dos y ninguna, y así se alejó a paso lento.
Aun cual lagartija, bajo el gran azote de los días caniculares, mudando de seto, el relámpago parece si cruza el camino;
así parecía, viniendo hacia las panzas de los otros dos, una pequeña serpiente de fuego, lívida y negra cual grano de pimienta.
Y en aquella parte por donde primero se recibe nuestro alimento, a uno de ellos traspasó; luego cayó al suelo frente a él estirada.
El traspasado la miraba, pero nada dijo; antes bien, con los pies inmóviles bostezaba, como si el sueño o la fiebre lo hubiesen asaltado.
Él miraba a la serpiente, y ella a él; el uno por la herida, la otra por la boca, humeaban con fuerza, y el humo se mezclaba.
En adelante calla, Lucano, cuando nombra al desdichado Sabelio y a Nasidio, y aguarda a oír lo que ahora va a ser lanzado.
Calla, Ovidio, de Cadmo y de Aretusa; pues si a él en serpiente, a ella en fuente, los convierte fabulando, no se lo envidio; porque dos naturalezas nunca cara a cara ha transmutado él, de modo que ambas formas estuvieran listas para intercambiar su materia.