—Cuánto tiempo —respondí—, pueda vivir, no lo sé; mas mi regreso no será tan rápido, que antes no llegue yo en el deseo; pues el lugar donde fui puesto a vivir de día en día de bien se ve más despojado, y a ruina sombría parece destinado.
—Ahora vete —dijo—, pues a aquel que es más culpable de ello veo arrastrado tras la cola de una bestia hacia el valle donde no hay arrepentimiento. Más rápido a cada paso va marchando la bestia, creciendo siempre más hasta que lo golpea, y deja el cuerpo vilmente mutilado. No mucho girarán esas ruedas —y alzó sus ojos al cielo—, antes de que te sea claro aquello que mi palabra no puede declarar más. Quédate ahora atrás; porque tan precioso es el tiempo en este reino, que pierdo demasiado al venir así avanzando junto a ti.
Como a veces se lanza al galope un caballero de una tropa que marcha y busca el honor del primer encuentro, así partió él de nuestro lado a grandes zancadas; y en el camino me quedé yo con aquellos dos, que fueron tan grandes mariscales del mundo.
Y cuando se hubo adelantado tanto ante nosotros que mis ojos se volvieron sus heraldos tal como mi entendimiento lo fue a sus palabras, se me apareció con ramas cargadas y vivas otro manzano, y no muy distante, por haberme vuelto justo entonces hacia allí.
Gentes que vi debajo alzan las manos, y gritan no sé qué hacia las hojas, como los niños tiernos y engañados, que ruegan, y el ruego él no se lo otorga, mas, para hacer el apetito agudo, alza el deseo y no lo guarda a sombra. Se fueron luego como desengañados; y al gran árbol llegamos ahora mismo que tantas preces niega y llantos tantos.
“Pasa más adelante sin acercarte; el árbol de que Eva comió está más alto, y de aquel otro ha sido este injertado”. Dijo no sé quién entre las ramas; por lo que Virgilio, Stazio y yo mismo fuimos apretándonos por el lado que asciende.