Con esto él se desvaneció; y me incorporé sin una palabra, y por completo me volví hacia mi Guía, y en él fijé mis ojos.
Y él comenzó:
«Hijo, sigue mis pasos; volvamos atrás, pues por este lado desciende la llanura hacia sus confines más bajos».
El alba vencía a la hora matutina que huía ante ella, de modo que desde lejos reconocí el temblor del mar.
Por la llanura solitaria íbamos como aquel que al camino perdido retorna, y hasta que lo halla en vano parece caminar.
Apenas llegamos a donde el rocío lucha con el sol, y, por hallarse en lugar de sombra, poco se evapora, ambas manos sobre la hierba extendidas con gesto manso colocó mi Maestro; por lo cual yo, atento a su acción, le extendí mis mejillas llenas de lágrimas; allí me dejó al descubierto por completo aquel color que el Infierno me había cubierto.
Luego bajamos a la orilla del desierto que jamás vio navegar sus aguas a nadie que después haya sabido volver. Allí me ciñó tal como al otro le plugo; ¡Oh, qué maravilla! pues así como arrancó la humilde planta, así volvió a nacer de repente allí donde la había arrancado.