encubiertas las conocí todas, y practiqué tan bien su arte que a los confines de la tierra llegó su fama. Cuando ya a aquella parte de mi edad me vi llegado en que cada cual debe amainar las velas y recoger las sogas, aquello que antes me plugo entonces me pesó; y penitente y confeso me rendí — ¡ay de mí!—, y me habría valido; el Príncipe de los nuevos fariseos, teniendo una guerra cerca de Letrán —y no contra sarracenos ni judíos, pues cada uno de sus enemigos era cristiano, y ninguno había ido a conquistar Acre, ni a comerciar en tierra del Soldán—, ni el alto cargo ni las sagradas órdenes miró en sí, ni en mí aquel cordón que solía hacer más flacos a los que lo ceñían; sino que, así como Constantino buscó a Silvestre para curar su lepra en el Soracte, así este me buscó a mí como experto para curarle de la fiebre de su orgullo. Consejo me pidió, y yo callé porque sus palabras parecían ebrias. Y luego dijo: “No temas tu corazón; desde ya te absuelvo, y tú enséñame cómo arrasar Palestrina hasta el suelo. El cielo tengo poder para cerrar y abrir, como sabes; por lo tanto, las llaves son dos, que mi predecesor no estimó tanto”. Entonces me empujaron sus graves argumentos allí donde el callar fue mi peor consejo, y le dije: “Padre, ya que me lavas de ese pecado en el que ahora he de caer, la promesa larga con el cumplimiento corto te hará triunfar en tu alto asiento”. Francisco vino después, cuando hube muerto, por mí; mas uno de los negros querubines le dijo: “No te lo lleves; no me hagas agravio; debe venir abajo entre mis siervos, porque dio el consejo fraudulento desde cuya vez he estado prendido a sus cabellos; pues quien no se arrepiente no puede ser absuelto, ni se puede querer y arrepentirse a la vez, por la contradicción que no lo consiente”. ¡Ay de mí!, ¡cómo me estremecí cuando me agarró diciendo:
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Canto XXVII
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