Así, en medio de sus oscuras mesnadas, hocico con hocico se encuentra una hormiga con otra, tal vez para espiar su camino o su fortuna.
No bien la amistosa salutación concluye, O antes que el primer paso adelante pase, Cada cual se esfuerza por gritar más que el otro;
La gente recién llegada: «¡Sodomía y Gomorra!» Los demás: «¡En la vaca Pasífae se introduce, Para que el toro corra hacia su deseo!»
Luego, como las grullas que hacia los montes Rifeos volaran en parte, y en parte hacia las arenas, unas huyendo del hielo, otras del sol,
un pueblo se va y el otro viene, y llorando retornan a sus primeros cantos, y al grito que más les conviene;
Y se acercaron a mí, tal como antes, aquellos mismos que me habían rogado, atentos a escuchar en su semblante.
Yo, que dos veces su inclinación había visto, comencé: «¡Oh almas seguras en la posesión, cuandoquiera que sea, de un estado de paz, ni inmaduros ni maduros han quedado mis miembros sobre la tierra, sino que aquí están conmigo con su propia sangre y sus articulaciones! Subo por aquí para no seguir ciego; una Señora hay arriba, que alcanza esta gracia, por lo cual llevo al mortal por vuestro mundo. Mas para que vuestro mayor anhelo satisfecho pronto sea, de modo que el Cielo os acoja que de amor está lleno y con más amplitud se extiende, decidme, para que de nuevo en libros lo escriba, quiénes sois, y cuál es esa multitud que marcha en pos de vuestras espaldas».
No de otro modo con asombro queda perplejo el montañés, mirando en torno y mudo, cuando rústico y grosero va a la ciudad, que cada sombra hízose en su apariencia; mas cuando se libraron del estupor que en los pechos altivos presto se calma, «Bienaventurado tú que de tus confines», recomenzó el que antes nos había hablado, «experiencia cargas para mejor vida.