que no pecaron; y si méritos tuvieron, no basta, porque no tuvieron bautismo, que es la puerta de la fe que tú crees; y si vivieron antes del cristianismo, no adoraron a Dios debidamente; y entre estos tales me cuento yo mismo. Por tales faltas, y por otra culpa no, perdidos somos, y solo en tanto castigados, que sin esperanza vivimos en el deseo”.
Gran dolor se apoderó de mi corazón al oír esto, porque a gente de gran valía conocí, que en aquel Limbo estaban suspendidos.
«Dime, mi Maestro, dime, tú mi Señor», comencé yo, con el deseo de estar cierto de aquella Fe que vence todo error, «¿salió alguno de aquí por su propio mérito, o por el de otro, que después fue bienaventurado?».
Y él, que comprendió mi oculto hablar, respondió: «Yo era nuevo en este estado, cuando vi venir aquí a un Potente, coronado con signo de victoria.
Sacó de aquí la sombra del Primer Padre, y la de su hijo Abel, y la de Noé, de Moisés el legislador, y del obediente Abraham patriarca, y de David rey, a Israel con su padre y sus hijos, y a Raquel, por la que hizo tanto, y a otros muchos, y los hizo bienaventurados; y has de saber que antes de estos nunca se salvó espíritu humano alguno».
No nos detuvimos porque él hablara, mas seguíamos avanzando a través del bosque, del bosque, digo, de almas apiñadas. No mucho aún nuestro camino había avanzado de este lado de la cumbre, cuando vi un fuego que vencía un hemisferio de tinieblas. Un poco lejos de él estábamos todavía, mas no tanto que en parte no discerniera que gente honrada ocupaba aquel lugar.