El segundo círculo: Los envidiosos: Sapia de Siena.
Estábamos sobre la cumbre de la escalera, donde por segunda vez se corta el monte que subiendo purifica a todos.
Allí de igual manera una cornisa cierra el monte por todas partes, como la primera, salvo que su arco se curva más repentinamente.
Sombra no hay allí, ni escultura que aparezca; así parece el talud, y así parece el camino lisos, con tan solo el color lívido de la piedra.
“Si para preguntar esperamos a la gente de aquí —dijo el Poeta—, temo que tal vez nuestra elección sufra demasiado retraso”.
Luego fijó firmemente sus ojos en el sol, hizo de su lado derecho el centro de su movimiento, y giró la parte izquierda de su cuerpo.
“¡Oh dulce luz! con cuya confianza emprendo este nuevo viaje, guíanos —dijo—, como se debe ser guiado aquí dentro. Tú calientas el mundo, tú brillas sobre él; si otra razón no aconseja lo contrario, ¡deben tus rayos ser siempre nuestros guías!”.
Tanto cuanto de aquí se cuenta un milla, tanto ya habíamos allí avanzado en poco tiempo, a fuerza de prontitud;
y hacia nosotros se oía volar, si bien no eran visibles, a espíritus que proferían corteses invitaciones a la mesa del Amor,
La primera voz que pasó volando en su carrera, «Vinum non habent», dijo con acento fuerte, e iba repitiéndolo a nuestras espaldas.
Y antes de que se volviera del todo inaudible por la distancia, pasó otra, clamando: «¡Yo soy Orestes!», y tampoco se detuvo.