«No lo sé; mas cierto es que conviene que el nombre de tal valle perezca; pues desde su naciente (donde es tan fértil el monte alpino de donde se desgaja el Peloro que en pocos sitios sobrepasa esa marca) hasta donde se rinde en restitución de lo que el cielo evapora del mar, de donde los ríos toman lo que con ellos va, la virtud es evitada como enemiga por todos, como a una serpiente, por desdicha del lugar, o por mal hábito que los empuja; por cuya causa de tal modo han transformado su naturaleza los moradores de ese miserable valle, que parece que Circe los hubiera tenido en supastizal. Entre cerdos feos, de bellotas más dignos que de otro alimento para uso humano creado, tuerce primero su camino empobrecido. Perros halla después, al ir descendiendo, más gruñones de lo que su fuerza demanda, y aparta de ellos con desdén el hocico. Sigue cayendo, y cuanto más crece, más halla que los perros se vuelven lobos, esta acenada y malaventurada zanja. Descendido entonces por muchos hondos abismos, halla a los zorros tan repletos de fraude, que no temen artimaña que los dome. Ni callaré porque otro me escuche; y bien le será, si aún tiene en la memoria lo que un espíritu veraz me desenreda. A tu nieto diviso, que se vuelve cazador de esos lobos en la orilla del fiero río, y a todos los aterroriza. Vende su carne, estando aún con vida; luego los degüella como a reses viejas; de la vida a muchos, y a sí mismo de la fama, priva. Manchado de sangre sale del sombrío bosque; lo deja tal, que mil años desde hoy a su estado primigenio no es reforestado».
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Canto XIV
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