“¡Ah, hermosa dama, que en los rayos del amor te abrigas, si he de fiarme de los semblantes, que suelen ser testigos del corazón, venga a ti el deseo de acercarte a la orilla de este río —le dije—, tanto que pueda yo escuchar lo que estás cantando. Me haces recordar dónde y cuál era Proserpina en el momento en que perdió su madre a ella, y ella a sí misma la Primavera!”. Como se vuelve, con los pies juntos y pegados al suelo, una dama que danza, y apenas pone un pie delante del otro, sobre las florecillas bermejas y amarillas se volvió hacia mí, no de otro modo que doncella que abate sus modestos ojos; e hizo mis ruegos tan bien contentos, aproximándose tanto, que el son dulce llegó a mí junto con su sentido. Tan pronto como estuvo donde las hierbas son bañadas por las aguas del hermoso río, me concedió el favor de alzar sus ojos. ¡No creo que brillara tan gran luz bajo los párpados de Venus, cuando fue traspasada por su propio hijo, más allá de su costumbre! Eguida en la otra orilla sonrió, llevando en sus manos muchísimos colores que aquella tierra alta produce sin simiente. A tres pasos de distancia nos apartaba el río; mas el Helesponto, donde Jerjes cruzó (freno aún para toda humana arrogancia), no sufrió mayor odio de Leandro por fluir entre Sestos y Abidos, que aquel de mí, porque entonces no se abría. “Vosotros sois nuevos; y porque sonrío — comenzó ella—, tal vez en este lugar elegido para nido de la naturaleza humana, alguna aprehensión os mantiene maravillados; mas el salmo Delectasti da luz que tiene el poder de despejar vuestro intelecto. Y tú que estás al frente, y me rogaste, habla si quieres oír más; pues vine dispuesta a todas tus preguntas, hasta donde sea menester”. “El agua —dije— y el sonido del bosque están combatiendo en mí mi nueva fe en algo que oí contrario a esto”.
Table of Contents
Canto XXVIII
263