tenazas de vez en cuando, dime si algún latino hay entre aquellos que están aquí; así tus uñas te basten por toda la eternidad para esta obra».
«Latinos somos, a quien ves tan consumidos, ambos aquí», respondió uno llorando; «¿mas tú quién eres, que por nosotros preguntas?».
Y dijo el Guía: «Soy uno que desciende con este hombre vivo de risco en risco, y tengo la intención de mostrarle el Infierno».
Entonces se rompió su mutuo apoyo, y temblando cada cual se volvió hacia mí, junto con otros que lo habían oído por el eco.
Del todo a mí el buen Maestro acogió, diciendo: «Diles cuanto desear puedas». Y yo comencé, pues él así lo quiso: «Para que vuestra memoria no se desvanezca en el primer mundo de la mente de los hombres, sino que bajo muchos soles pueda sobrevivir, decidme quiénes sois y de qué pueblo; que vuestra pena fea y asquerosa no os dé miedo mostraros ante mí».