La gente que no viene con nosotros faltó en aquello por lo que un tiempo César, al triunfar, oyó que le llamaban con escarnio “Reina”: por eso se separan gritando “¡Sodoma!”, reprobándose a sí mismos como has oído, y acrecientan su ardor con su vergüenza. Nuestra transgresión fue hermafrodita; mas como no seguimos la ley humana, sino que al apetito seguimos como bestias, en nuestro oprobio leemos, cuando nos separamos, el nombre de aquella que se bestializó en la bestial madera. Ya conoces nuestros actos y cuál fue nuestro pecado; si acaso quisieras saber de memoria quiénes somos, no hay tiempo que lo cuente, ni sabría hacerlo. Tu deseo de conocerme te será en verdad concedido; yo soy Guido Guinicelli, y ya me purgo, habiéndome arrepentido antes de la hora extrema».
Lo que en la tristeza de Licurgo se vio en sus dos hijos al ver a su madre, tal me volví yo —aunque a tal altura no llegue—, al oír que se nombraba a sí mismo el padre de mí y de mis mejores, que jamás practicaron las dulces y graciosas rimas de amor; y sin habla y sin oír, pensativo anduve por un largo tiempo, mirándolo, ni por el fuego me acerqué a él más.
Cuando me hube saciado de mirarlo, por completo me ofrecí dispuesto a su servicio, con la afirmación que obliga a creer.
Y él a me dijo: «Dejas tales huellas en mí, por lo que escucho, y tan distintas, que Leteo no puede borrarlas ni oscurecerlas. Mas si tus palabras hace poco han jurado la verdad, dime cuál es la causa por la que muestras en palabra y semblante que me tienes por querido».
Y yo a él: > «Tus dulces cantares, > que tanto como dure nuestra moderna usanza, > harán que hasta su propia tinta