y allá, cuando se detuvieron (como se detiene quien va delante de un escuadrón como escolta, si encuentra algo nuevo en su camino) las siete doncellas al borde de una sombra oscura, como la que, bajo hojas verdes y ramas negras, el monte alpino lleva en su frígida frontera. Delante de ellas el Tigris y el Éufrates me pareció ver brotar de una sola fuente, y lentamente separarse, como amigos, el uno del otro. “¡Oh luz, oh gloria del humano género! ¿Qué arroyo es este que aquí se despliega de una sola fuente y de sí mismo se retira?”. A tal ruego, me fue dicho: “Ruega a Matilde que te lo diga”; y aquí respondió, como quien se libera de culpa, la hermosa señora: “Esto y otras cosas le fueron dichas por mí; y bien sé que el agua del Lete no se las ha ocultado”. Y Beatriz: “Quizás un cuidado mayor, que a menudo nos quita la memoria, ha hecho oscura la visión de su mente. Mas mira el Eunoe que allí brota; llévalo hacia él y, como sueles, revive en él la mitad muerta virtud”. Como alma noble que no pone excusa, sino que hace suya la voluntad ajena tan pronto como se le revela por una seña, así, cuando me hubo tomado de la mano, la hermosa señora se movió, y dijo a Estacio a su manera femenina: “Ven con él”. Si, lector, tuviera un espacio mayor para escribirlo, cantaría todavía en parte del dulce trago que jamás me saciaría; mas como están llenas todas las hojas preparadas para esta segunda cántica, el freno del arte no me deja ir más lejos. Del agua santísima regresé regenerado, a la manera de los nuevos árboles que se renuevan con un nuevo follaje, puro y dispuesto a subir a las estrellas.
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Canto XXXIII
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