San Juan examina a Dante sobre la Caridad.
Mientras dudaba yo por mi visión extinta, de la llama fulgurante que la había extinguido salió un soplo, que me hizo estar atento, diciendo: «Mientras recuperas el sentido de la vista que en mí has gastado, conviene que lo compenses hablando. Empieza pues, y declara hacia dónde apunta tu alma, y ten por seguro que tu vista está turbada y no muerta; porque la Dama que por esta región divina te conduce, tiene en su mirada el poder que tuvo la mano de Ananías». Yo dije: «Como a ella le plazca, tarde o temprano llegue la cura a unos ojos que fueron puertas cuando ella entró con el fuego con que siempre ardo. El Bien, que da contento a esta Corte, es el Alfa y el Omega de toda la escritura que el amor me lee, en voz baja o alta». La misma voz, que me había quitado el terror del deslumbramiento repentino, me infundió el pensamiento de hablar aún más; y dijo: «En verdad con criba más fina te conviene cernir; te es necesario decir quién apuntó tu arco a semejante blanco». Y yo: «Por argumentos filosóficos, y por la autoridad que de aquí desciende, tal amor debe necesariamente imprimirse en mí; pues el bien, en tanto que bien, al ser comprendido enciende al punto el amor, y tanto mayor cuanto más bondad en sí mismo encierra; luego a aquella Esencia (cuya ventaja es tal que todo bien que fuera de ella se halla no es más que un rayo de su propia luz) más que a ninguna otra debe moverse la mente de cualquiera que, al amar, discierne la verdad en la que se funda esta evidencia. Tal verdad revela a mi intelecto aquel que me demuestra el amor primigenio de todas las sustancias sempiternas. La voz del Autor veraz lo revela, que dice a Moisés, hablando de Sí mismo: “Haré pasar